Gabriel Gonzalez Martos

Opinión

por Gabriel González Martos

 

NI ECONOMIA NI SALUD

Atrás quedó 2020. Un año que la humanidad toda intentará dejar en el olvido, aunque la memoria siempre es buena para no repetir errores. No hay balance que pueda arrojar saldo positivo alguno.

La pandemia instaló en Argentina la cuarentena (o aislamiento) más largo del mundo, de la cual se salió de la forma más desprolija que se podía imaginar: por saturación y necesidad de la propia gente. A corto plazo se medirán sus consecuencias.

El gobierno decidió anteponer la salud a la economía y fracasó en los dos frentes. El Covid se llevó más de 40 mil vidas y los últimos datos indican que el 44,2% de los argentinos son pobres y el desempleo trepó al 14,2 por ciento. Más de la mitad de las pequeñas y medianas empresas no pueden volver a la actividad productiva y, mayoritariamente, el sector privado proyecta profundizar su achicamiento. Una vacuna que el país se adelantó a comprar, pero que no llegó. En el horizonte, se teme por un importante rebrote del virus.

En el Mutualismo se inició un período de contracción, como en muchos otros sectores. La paralización de las actividades sociales, la merma de atención presencial, la  caída en los ingresos y la imposibilidad de brindar muchos de los servicios, impactarán directamente en un achicamiento de estructuras y de personal.

La desafiliación masiva ejecutada por los burócratas de ANSES ya afectó salvajemente a innumerables entidades y a cientos de miles de asociados que quedaron sin servicios en plena pandemia, sin que a nadie se le moviera un solo pelo, ni tan siquiera a los propios del sector.

Nada de todo lo descripto puede encontrar un camino de salvación alternativo cuando los referentes y funcionarios miran para otro lado, sin observar la gravedad de la situación. Gremios que imponen ajustes por paritarias que sólo pueden pagarse reduciendo empleados. Organismos del Estado que regulan hasta asfixiar a quienes deben producir. Organizaciones representativas que, mientras el barco se hunde, difunden el desarrollo de actividades frívolas que poco tiene que ver con la realidad de un paciente en estado terminal. Más restricciones, impuestos altos, falta de inversión, ciudadanos que eligen abandonar el país para buscar mejores condiciones y una inflación que crece en forma constante, son algunos de los impulsos que deberían motivar a todos estos referentes a salir del letargo y dejar de ser meros espectadores de una tragedia que golpea a la mayoría de la sociedad.

Un país quebrado por donde se lo mire. 2020 va camino a ser el peor año del que se tenga registro, en línea con un mundo que vive su mayor recesión desde la gran depresión de 1930. El golpe es evidente en algunos de los indicadores más sensibles para la población en general pero más para los sectores vulnerables: actividad, empleo y pobreza muestran daños tanto de corto como de mediano plazo para la economía nacional. El empleo informal, de mala calidad y mal pago, es hoy la única alternativa viable para subsistir.

Nos hemos deshumanizado, nos volvimos egoístas e insolidarios. El prójimo se convirtió en un enemigo que puede contagiarnos; hasta esas personas que tanto amamos se volvieron peligrosas. La sociedad logró salir, desprolijamente, del confinamiento. Ahora no puede encontrar el rumbo a seguir ante la falta de oportunidades y de líderes creíbles y con sanas intensiones. La desazón se consumió las buenas energías. Ni salud ni economía.

 

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